Muchas veces me preguntaron por qué llevo orgullosa mi bandera a donde quiera que voy. Por qué «necesito mostrar» ese símbolo. Me dicen que -supuestamente- los heterosexuales no andan con «carteles», y tal vez sea verdad. Pero yo tampoco llevo un letrero diciendo que soy homosexual.
Mi bandera no es un cartel, es un recordatorio del mundo en el que crecí. Una sociedad que durante mucho tiempo nos encapsuló en un mundo heteronormado, donde las relaciones afectivas y sexuales debían ser entre hombre y mujer, sin matices ni colores.
Mi bandera es una lucha, que aún no termina. Porque todavía existen esos ojos monocromáticos que no entienden de libertad.
Mi bandera es un homenaje a quienes perdieron hasta la vida, para que hoy yo pueda besarme con mi pareja en la calle sin que me metan presa (al menos no de forma legal).
Mi bandera me acompaña para recordarte a vos, que también tenés derecho a sentirte igual de libre. Que no somos tan «minoría», como nos quisieron hacer creer durante mucho tiempo; porque lo que no se ve, no existe.
Mi bandera es un grito orgulloso, que demuestra que no tengo que andar escondiéndome por mis gustos, que son diferentes, y así, en definitiva igual que los de los demás.
Mi bandera no es un cartel, es un abrazo de lucha, porque todavía existen personas que no pueden hacerse de esa libertad. Por religiones que encarcelan, por sociedades que contaminan con estereotipos, por familias que en vez de amor inculcan miedo.
Mi bandera es un símbolo de esperanza, que sueña con un futuro en el que nadie tenga que preguntarse o analizar lo que su cuerpo siente. Si es amor, si es atracción, si es un cuerpo que no siente como tuyo cuándo te ves en el espejo; nada de eso debería ser un problema, ni un cuestionamiento. Los sentimientos no se analizan. Si viviéramos en colores, sería tan simple como eso. Poder vivir como te sentís. Identificarte en el género con el que te sientas mejor, o con ninguno. Besar sin condiciones a quién quiera retribuirte los labios.
Por esto llevo mi bandera, porque si el mundo hubiera sido más justo y menos hipócrita, estas luchas y mi bandera no tendrían que haber existido. Pero el mundo nunca fue ni lo uno ni lo otro, y en cada une de nosotres está el poder de cambiarlo.
Mi bandera no es un cartel, mi bandera es el orgullo de saberme fuera de un armario. Y ahora -como leí por ahí- que la mayoría conocen lo que es no poder salir de casa, deberían entender cuanto más duro es vivir «adentro de un closet».
Mi bandera no tengo que llevarla solo yo, porque esta lucha también es tuya. Con ella pedimos por una la libertad que debería ser para todo el mundo.
Por todo esto, es que nunca me desprendo de mi bandera. Y por esto también, hoy cuelga orgullosa en mi ventana.

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