Han pasado años
y aún no se describir aquella sensación.
Como si un trozo de mi piel se hubiera perdido en aquel campo gris:
-Te amo…
-Pero yo no.
Tu frase y la mía quedaron suspendidas en un eco silencioso.
Eterno.

El otoño nos dibujó un paisaje aún más desolador.
Como una maldita burla del destino.
Tú y yo,
alrededor la nada misma.
El verde,
que nos abrigaba tiempo atrás,
había desaparecido.
En su lugar un montón de hojas secas
cubriendo las huellas de tu huida.

Las calles de tierra
que tantas veces nos guiaron en nuestras locuras,
empezaron a cerrarse
a medida que te alejabas.
Me negué a soltarte,
pero tú ya te habías ido.
Te habías ido mucho antes de aquel día,
y yo sin saberlo, queriendo retenerte.

Me quedé inmóvil.
Te esperé.
Tenía la ilusión de que voltearías,
que darías la vuelta sobre tus pasos y tus palabras.
Creí -ingenuamente- que vendrías a buscarme.
Anocheció.
No volteaste.
No regresaste.

Han pasado años,
pero en mi piel permanece tu cicatriz
y todavía puedo sentir ese último aliento,
ese momento exacto en el que mi pecho se desinfló:
-Te amo…
-Pero yo no.

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