Levanté la vista y me encontré con tu mirada clavada.
Te reíste y me hiciste reír a mí también.
– Qué pasa?
– Nada, te miraba.

Llevo la foto de ese momento en mi memoria.
Yo estaba sentada en un pequeño banco de madera y vos en un suelo que se parecía a mí en esos tiempos (mitad verde, mitad tierra). El pequeño piercing en tu nariz se inclinaba junto con tu cabeza mientras me mirabas. Si alguien te hubiera observado en ese momento seguro pensaría que me estudiabas, pero en realidad estabas como imaginando vaya uno a saber qué.
Tal vez te debatías entre un millón de razones por las cuales no avanzar y ese «algo» que nos atraía mutuamente… Sí, mutuamente.
Nunca te lo dije, nunca me lo dijiste, pero ambas sabemos que algo había entre nosotras.
Recuerdo algunas charlas previas a ese día. No sé por qué confiabas en mí, pero me sentía privilegiada de escuchar lo poco o mucho que te naciera contarme.
Mi vida era una maraña en ese momento y la tuya no estaba mucho mejor, pero por algún motivo sentía que te hacía bien hablar conmigo y escuchar algún consejo que pudiera darte.

Poco tiempo después me enteré que, mientras yo daba vueltas en círculo, vos ya te habías decidido por otra.
Jamás fui de llegar a tiempo a ningún lado y no fuiste la excepción.
Tal vez una de las millones de razones que te frenaban era esa, había alguien más pidiendo pista para aterrizar en tu vida.
O quizá fue porque nunca te confesé mis intenciones.
Por lo que haya sido, yo me conformé con el papel de pseudo amiga y vos seguiste tu camino feliz.
Y está bien, me alegro que así sea, porque estoy convencida que si hubiéramos dado ese paso hoy estaríamos en el olvido absoluto, la foto de aquel día se habría borrado y tendríamos un par de meses de otro amor intrascendente para recordar.
Te prefiero así, mirándome con tu cabeza inclinada… Sonriendo… Platónica.

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