Un viaje en el tiempo, hace 10 años atrás

Es un día cualquiera, a mitad de esta pandemia interminable que por momentos me encuentra más sensible que de costumbre. No sé si por esto o simple aburrimiento, se me da por revisar mis viejos blogs.

Me miro en ese espejo virtual que me resta algo más de 10 años y admito la nostalgia, ¿para qué voy a mentir? Pasados los 30 se me fueron las ganas de disimular.

Me pregunto qué fue de mí, a dónde quedó la piba post adolescente que se aventuraba a buscar un futuro sin pensarlo. Esa que escribía tanto, al punto de confundir lo vivido con lo escrito, que estaba siempre inquieta, buscando nuevas experiencias.

Mis días se movían entre amores de turno, fiestas hasta el amanecer y desayunos a unas cuadras del boliche (a veces con gente conocida pocas horas antes), mezclados con el sueño de formar una familia, tener libertad laboral y un futuro próspero.

Leo mis blogs buscando algunas respuestas, seguirme el rastro de aquella época y ver en qué momento cambió el curso; o si esta imagen de mis 20 años es poco más que una ilusión. Cuántas historias que suenan ya lejanas, algunas incluso, olvidadas.

Hablaba de miedos, de felicidad, imaginaba futuros que nunca sucederían. Intentaba recomponer a través del teclado los pedazos de una inocencia que, inevitablemente, un día terminó por quebrarse.

La melancolía se abarrota en mis pupilas mientras leo: me encuentro con toda esta fantasía descompuesta a través de los años.

Tal vez sea la nostalgia que hoy me lleva a querer contar, en los siguientes capítulos, las historias a través de las cuales esa post adolescente empezaba a descubrir que el mundo y el amor no eran como en las películas.

Escribo esto a medida que camino entre recuerdos de aquella vida pasada, así que pido perdón de forma anticipada si en algún momento de mis relatos pierdo la estética –y el hilo-, abrumada por las emociones, mareada por tanta historia o mimetizada con mis “veintipocos”; esta regresión en el tiempo por momentos puede causarme sacudidas internas, producto de algunas historias de amor (que guardo como tiernos recuerdos lejanos) y otras, que no fueron más que heridas en carne viva, que el tiempo se encargó de transformar en cicatriz.

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