Mi primer amor -Parte 2-

Toda la relación con Lola fue una montaña rusa. Antes de vernos personalmente ya habíamos dicho las frases “Te amo” y “Esto se terminó” más veces de las que relaté en mis historias blogueras. De hecho, las primeras entradas que hablan de ella, describen dos “separaciones”. En la primera, no sé por qué, habíamos decidido que lo mejor era dejar de hablar y yo estaba muy triste. En la segunda -dos días después- el tono cambiaba, Lola me había mentido y la agarré infraganti.

Un evento familiar me llevaba directo a Matheu, era nuestra oportunidad para vernos por primera vez -sí, ya sé, hacía dos días supuestamente no íbamos a hablar más y ahora planeabamos encuentros-. Me puso alguna excusa de última hora, que a esta altura no recuerdo, seguramente que no se sentía bien o que tenía algún problema con la familia. Resulta que a la noche encontré su Fotolog (para los centennials eso era una red social parecida a Instagram). Lola había pasado el día con amigas en la plaza, a 6 cuadras de donde estuve yo. Ni se sentía mal, ni emergencia familiar, ni nada.

Yo estaba que echaba fuego por el teclado porque me había mentido. Me despaché en mi blog con una extensa entrada que iba de la ironía a la puteada directa. En ese mismo posteo Lola me dejó un comentario diciendo que se había “asustado”:

“…SI SOY CAGONA TE PIDO DISCULPAS, PERO ME CUESTA ENFRENTARME CARA A CARA CON LA PERSONA QE ME HACE ÚNICA Y FELIZ EN EL MUNDO,PERDONAME…”

Ese es un fragmento del mensaje que dejó pidiéndome perdón. Finalmente, un par de días después nos vimos por primera vez y todo fue mágico -años más tarde, mi poema “La estación” describiría este encuentro-:

Lola vivía en “La esmeralda”, un barrio semi cerrado, a más de 1 hora (y tres colectivos) de mi casa. Como era chica y yo no quería que viaje sola por medio Zona Norte, quedamos en encontrarnos en la terminal de trenes y colectivos de Escobar. Llegué unos minutos antes de la hora acordada y para sorprenderla me crucé de vereda.

Apareció buscándome desesperada porque sabía que yo ya estaba ahí. Con los auriculares puestos y matándome de la risa llamé a su celular: “¿Dónde estás?” Lola miraba para todos lados entre la gente, seguro buscaba a alguien que tuviera el teléfono en el oído, igual que ella. “Date vuelta, en la vereda de enfrente.” Le dije riéndome. Cuando giró, me vió mientras yo levantaba el celular y seguía hablando por el manos libres. Sonrió inclinando la cabeza y cruzó corriendo la calle para abrazarme en el medio de un mar de gente. Las dos temblábamos de felicidad mientras el mundo desaparecía a nuestro alrededor.

Pasamos la tarde juntas en su casa, escuchamos música, nos besamos y estuvimos un largo rato hablando, abrazadas en el sillón. Cuando tocó volver, me acompañó a la parada del colectivo y me besó justo antes de subir. Ahí, en la puerta de su barrio, arriesgándose a que cualquiera la viera. En ese momento no le importaba nada más, éramos solo ella y yo.

Durante un par de semanas seguimos hablando todas las noches. A veces, incluso, “dormíamos juntas”: Dejábamos la video llamada abierta, con los auriculares puestos hasta que nos vencía el sueño. Durante el día siempre me llegaban mensajes suyos, o mails, contándome pavadas que me hacían sonreír y los sábados, ni bien terminaba de almorzar, me iba directo a verla. Esperaba ansiosa que pasen esos 6 días para tomarme los 3 colectivos de ida -y de vuelta- que nos separaban durante la semana. 6 días a cambio de un par de horas. Parece un “negocio” un poco injusto, sin embargo para nosotras, ese rato que teníamos juntas, valía toda la espera.

Pero nuevamente, la alegría duraría poco y esta vez la que iba a meter la pata sería yo, en un encuentro con mi ex.

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