Mi primer amor -Parte 3-

Las cosas con mi ex habían terminado bastante mal, pero ella insistía en vernos para hablar. Así que una noche, aprovechando que tenía la casa para mí sola (algo poco frecuente), le dije que venga. ¡¿Para qué?! Yo ya estaba con Lola y no quería saber nada con nadie más, mucho menos con mi ex. Al menos esa era la teoría. Pero en aquella época, supongo que por lo de la segunda adolescencia, “la carne era débil” (especialmente la mía): Caí en la tentación y estuve por última vez con mi ex.

No pude escondérselo a Lola. Al otro día le conté todo. Mentir era su hábito no el mío (ya lo van a confirmar más adelante). Pero claro, “una mentira que te haga feliz, vale más que una verdad que te amargue la vida”. Fui sincera y la lastimé, así que, sin mayores preámbulos, me mandó a la mierda. Pasé varios días tratando de que me perdonara, hasta que accedió a vernos en persona. Parece que la excusa del “cara a cara” sirvió. Después de varias horas hablando, logré que me perdonara y nos pusimos “oficialmente de novias”. Fue un sábado a principios de septiembre. Y a mitad del mismo mes nos volvimos a separar. Y a finales nos reconciliamos otra vez.

Las cosas con ella eran así. Hablar todos los días, vernos una vez por semana, salvo que algún viernes le agarrara la locura y me dejara; en cuyo caso nos reconciliábamos el lunes y entonces pasaban 15 días hasta que volvíamos a estar juntas. Mi teoría es que cada tanto quería un fin de semana de soltería y por eso la rutina viernes-lunes.

La relación era caótica, pero también pura aventura. Nadie en su círculo sabía que ella estaba con una mujer (para sus amigas yo era “Tomás”). A mi no me gustaba que viajara para vernos y a un telo no podíamos ir porque Lola era menor. La única solución se encontraba en los alrededores de su casa. “La Esmeralda” era un barrio enorme, rodeado de arboleda. No mucha gente vivía ahí, en general eran casas de fin de semana, pero la mayoría las usaban solo en verano. También había muchos terrenos baldíos.

Lola era más chica, pero siempre fue más aventurera, loca y arriesgada. No sé si ya los tenía marcados o simplemente caíamos en el primer jardín que se viera desierto, entre las plantaciones de algo que yo creía que era caña o en terrenos a los que llegábamos atravesando dos metros de pastizal crecido. Como sea, ella siempre encontraba algún lugar para que estemos solas. La frase “revolcarse en los yuyos” con Lola era literal.

Esa adrenalina fue una de las cosas que más me gustaron de nuestra relación. Yo era muy estructurada y ella me pateaba todas las estanterías. Nunca sabía con qué iba a salir. Ya sea estar juntas, separarnos, hacer el amor en el medio del campo o fingir una amistad cuando había gente alrededor.

Pero un día me cansé de aquella montaña rusa constante. Diciembre se acercaba veloz y eso para nosotras era una separación anunciada. Todos los años Lola y su familia pasaban el verano completo en la costa. Lo que significaba 3 meses separadas, en una relación que apenas si soportaba dos semanas sin vernos y de la cual su familia desconocía por completo su existencia. Ir “de visita” no era una opción. Que ella se viniera antes tampoco.

No teníamos ninguna posibilidad de sobrevivir con aquel panorama. Mucho menos cuando, en una de sus rutinas viernes-lunes, me enteré que me había metido los cuernos. Esa fue la gota que rebalsó mi vaso.

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