Una separación anunciada -Parte 1-

Aquellos fueron años caóticos. Descubría sentimientos y trataba de decodificarlos a medida que aparecían. ¿Amor?¿Enamoramiento?¿Capricho?¿Ganas de “ser grande”? La vida se abría paso frente a mí y yo atravesaba todas esas experiencias mágicas que me daban mis recién estrenados 21 años, sin ninguna perspectiva, creyendo que todo, absolutamente todo, era real. ¿Será por la presión que sentía al final del colegio? Con tan solo 18 años, tenés que decidir qué carrera vas a seguir y sobre eso -en teoría- formar el resto de tu vida. ¡Qué locura! Yo, a esa edad, todavía desayunaba chocolatada con Mantecol y la ropa limpia aparecía “por arte de magia” doblada sobre mi cama… ¿Cómo encajar esto con la idea de resolver el resto de mi vida?

Así se movía mi cabeza: En una mano, los vasos de cerveza y las fiestas. En la otra, la creencia de que era parte del mundo adulto, ansiosa por resolver mi futuro, empezar a formar una familia, ser responsable. ¿Repito? Post adolescencia, Disney, comedias románticas, etc. Con esa perspectiva de amor vivía mi vida y mis relaciones.

Mientras leo el blog, intento rearmar la historia con Lola en mi cabeza. Imposible. Con tantas idas y venidas no consigo seguirnos el hilo. 

Recuerdo que a principio de octubre estábamos bien, porque fue mi cumpleaños número 21 y la llame desde la fiesta para brindar aunque sea telefónicamente. A mitad de mes aparece una entrada, donde cuento que discutimos muy mal y ella me dejó (otra vez). Nos reconciliamos y, días más tarde, relato una nueva pelea. A principio de noviembre parece que habíamos vuelto, pero pasamos de ir juntas (y muy enamoradas) a nuestra primera Marcha del Orgullo, a separarnos una semana después.

Lola siempre tuvo la costumbre de tirar de mi paciencia probando hasta donde llegaba. Durante mucho tiempo, mientras ella hacía su danza de dejarme-volver, yo le repetía que no se confiara, que tenía un poder sobre mí, pero “un día eso se termina”.

Hay varias fotos de ella en mi blog. En una nos estamos besando, en otra está en su barrio, hay alguna que le saqué yo, pero en ninguna se le ve la cara. Así fue toda la relación, durante varios años (sí, esto va para largo), nunca pude ver su verdadero rostro.

Para finales de noviembre, su poder sobre mí no se había terminado, pero sí mis ganas de sostener esos juegos que solo me lastimaban. Hay un texto llamado “Nostalgia”, en donde repaso los fines de semana que nos quedaban antes de sus vacaciones, sufriendo de forma anticipada una despedida inevitable. No aguantaba más tanta locura. Toda esa inestabilidad constante me iba desgarrando por dentro con cada discusión. Y en el medio, el blog me recuerda que me había metido los cuernos. Así que ese viernes, decidí que sería nuestra última discusión. No podíamos seguir así. ¿Para qué postergar esta muerte anunciada?¿Cuál era el sentido de alargar el sufrimiento? En cuanto lo dijo, acepté nuestro destino y su decisión de separarnos.

Al día siguiente de la pelea con Lola, salí a bailar y en una reversión de mi misma (mitad despechada, mitad alcoholizada), me besé con Alina, una amiga del foro. Mi cabeza me decía: “Estás oficialmente soltera y no podés perder más tiempo metida en los juegos de una adolescente.”

Pero ni mi orgullo ni mi despecho calcularon que Lola también formaba parte del foro. Tampoco sabía que la ex de Alina, era una de las chicas con las que yo hablaba (y a la que horas antes había estado consolando vía MSN por su recién terminada relación). En este punto, permítanme el guiño a la serie torta por excelencia de mi época: Entre el foro y los blogs, éramos exactamente lo que Alice en The L Word llamó “The chart”. Todas terminábamos conectadas entre nuestras exs. Si conocías a alguien y le preguntabas por sus últimas relaciones, seguro que en alguno de los nombres ibas a encontrar una conexión.

Así fue como, en menos de 24 horas, Lola ya se había enterado de lo que pasó en Verona el sábado a la noche entre Alina y yo.

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