Los juegos de Lola

Llegamos a Mc Donald’s y Moni efectivamente se encontró con unas amigas con las que se puso a hablar. ¿Cómo me iba a imaginar que eso fue pura casualidad? Cuando Lola entró, literalmente tuve que mirar dos veces para confirmar que era ella. Le pegué un codazo a Moni que la “descolgó” de su charla, mientras Lola me sonreía acercándose. ¿Es ella? Moni se rió, asintió con la cabeza y me dijo “Sorpresa”.

Llevábamos casi 4 meses sin vernos. Entre la separación, sus vacaciones y mi nueva pareja, todo había sido un caos para nosotras. En el verano cruzamos mensajes (y también alguna discusión) pero nada más. Así que, complotada con mi amiga, Lola salió de su madriguera y se apareció por sorpresa a medianoche. Me abrazó y lo primero que le dije fue: “¿Qué hacés acá? ¿Estás loca? Lola es tarde. ¿Cómo viniste?”. A todas mis preguntas, las respondió con un beso. Parecía que nuestra historia volvía al primer día. A aquella estación. El abrazo, las piernas temblando, el mundo desapareciendo si ella me miraba a los ojos o me susurraba al oído.

Esa fue una de las pocas veces en que Lola se la jugó para sorprenderme, y parece que el destino la ayudó para que todo saliera perfecto. Moni no solía estar libre los fines de semana por la noche y en mi casa siempre había gente, sin importar el día que sea. Pero aquel viernes algún planeta se alineó para jugar a nuestro favor. Mi familia estaba de vacaciones y mi amiga no tenía planes hasta más tarde.

Moni nos dejó de pasada en casa. Cruzamos la puerta y caímos en la cama. Nos extrañamos demasiado como para perder siquiera un segundo. Miraba a Lola y no podía creer que estuviera ahí. Volver a besarla. A abrazarla.

A esta altura sé que la pregunta es: ¿Y Alina? ¿La cagaste? La respuesta podría ser un “ni”. Después de hacer el amor con Lola, me llegó un mensaje al celular: “Perdoname gor. No quiero que estemos así”. Ali y yo habíamos discutido y llevábamos un par de días sin hablarnos. Estábamos en uno de esos limbos de parejas. Sabía que no me había separado, pero no hablar por 3 días tampoco era estar juntas.

El mensaje me cambió la cara y se me escaparon un par de lágrimas. Lola, acostada en mi cama era un sueño, pero la realidad estaba en esas líneas que me había escrito Ali.

-¿Qué pasa amor? -Lola se incorporó en la cama, y me secó las lágrimas
-Es Alina. Hace unos días discutimos y no volvimos a hablar –Jamás le mentí a Lola sobre el estado de mis relaciones. Incluso creo que yo le gustaba más cuando me ponía de novia.– Me está pidiendo perdón.
-¿Y qué vas a hacer?
-¿Me estás jodiendo?-Le tiré una mirada fulminante- Yo quiero estar con vos, lo sabés.
-Yo también amor, pero no podemos, ya lo hablamos. Además, ella te hace bien, yo soy un desastre.

Como dije antes: Vivimos nuestra relación como si fuera una comedia romántica; y creo que esta charla fue la que más lo demostró. No era verdad que “no podíamos estar juntas”. Éramos nosotras las que complicamos todo. Ni siquiera lo habíamos intentado, pero ya asumíamos que no se podía y que las cosas iban a salir mal.

Igual que Cenicienta, Lola no podía quedarse y llegó la hora de volver a casa -y a la realidad-. Para sus viejos, ella estaba cenando en lo de unas amigas. A mitad de la noche se tomó un remis, mandó un mensaje para avisar que había llegado bien y después de eso, fueron días sin hablar.

No habíamos discutido ni nada parecido. Solo era el juego de Lola. Le encantaba demostrar que todavía me tenía en sus manos, que ese poder del que siempre le hablaba seguía ahí, para ser utilizado cuando ella quisiera. Después se dedicaba a desaparecer, hasta que se aburría (o yo me ponía de novia) y volvía a la carga.

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