Las obsesiones de Cesu

Marzo de 2008 pasa por mi blog sin pena ni gloria. Después de aquel encuentro con Lola y terminar con Ali, solo publiqué algunas canciones. Dos en particular describían perfectamente la situación. Una, llamada “Justo ahora”, de Georgina, dice: “Justo ahora que las cosas van tan bien […] vuelves a pedirme que regrese a la vida de los peces que no viven en el mar”. Y la otra, “Sigo aquí”, de Beth: “Busco una salida y no sé si voy a encontrarla si tu sigues en mi vida

Lola volvió en el momento en que yo había decidido seguir adelante, pero solo para patearme esas decisiones y desaparecer otra vez.

Lo poco que escribí en mis historias blogueras, cuenta que en ese tiempo me refugié en mis amigas y las salidas al bar del barrio. Además, me dediqué a escribir unos pequeños cuentos que publicaba en un blog paralelo y en el foro. Pero no dejaba de perseguir a Lola entre las sombras de las redes sociales de aquella época.

Algo que siempre se me dió bien fue stalkear -y hackear, pero eso llegará más adelante-. Así descubrí que Lola había empezado a “chamuyar” con una piba de su barrio. Creo haber dicho que en mi segunda adolescencia fui bastante tóxica (si no lo hice -y todavía no se habían dado cuenta-, he aquí la confesión). En mi locura, intenté averiguar todo sobre este nuevo personaje. ¿Quién es? ¿Cuántos años tiene? ¿De dónde salió?

Tenía 17 años, igual que Lola. Vivían cerca, y salió del foro. Mi primer pensamiento: “Maldito el momento en el que le dije a Lola que se sumara ahí.” Pero esta chica también tenía un blog y su mail público. Así fue como, aquella “insana” Cecilia, la agregó al MSN y se puso a conversar simulando que todo era una casualidad de la vida.

Una semana después estaba yendo a Escobar a conocer a Valentina. Resulta que la piba me cayó muy bien y tenía algo que me llamaba la atención -además del obvio factor “bardo en puerta” que suponía la forma en que la había conocido, y que a mí tanto me atraía-.

La “historia” se escribe con comillas, porque entre nosotras -en persona- solo hubo un fin de semana, pero ya podrán imaginarse que con eso a mí me alcanzaba para vivir una semi-novela, sacar conclusiones… e irme:

Conocía el camino de memoria. Los horarios en que pasaba cada colectivo el sábado después del mediodía. Llegar a la estación, el barrio siempre igual. Pero, esta vez, no es con Lola el abrazo en la vereda. Aunque parece una historia repetida, todo es diferente. Valen ya está esperándome, sonriente y nerviosa. Primer “poroto” a su favor. La puntualidad es algo que siempre aprecié si se trata de amigos y citas (en especial cuando soy yo la que tiene que viajar mil horas para ir a un encuentro).

Llegamos a su casa, tomamos algo, hablamos. Valen sacó la guitarra. Nos reímos porque nunca aprendí a hacer “FA”, en ese instrumento que, desde que tengo 10 años, siempre quise tocar y me resultó imposible. Igual que a Lola, la “reté” por llevar a casa extraños (hoy me doy cuenta que yo también debería haberme retado por aceptar ir). Un rato más tarde, me presentó como “la prima de Julia”, cuando llegó su mamá. Julia era una compañera del colegio, de la que Valen estaba enamorada y a la que yo no conocía en absoluto (pero, según la madre “se notaba el parecido”, no hay peor ciego…).

Llegada la tarde noche, nos juntamos con sus amigos y el “semi novio” de Valen. Sí, tenía novio, andaba atrás de una piba y habíamos estado chapando toda la tarde; todo muy normal, incluso la escena de ella abrazada al pibe mientras me agarraba la mano por detrás de su espalda. Parece joda, pero es verdad.

Volvimos a su casa de madrugada y la madre ya me había dejado preparado el colchón para que duerma. Cualquiera pensaría que esa noche -estando las dos solas en su cuarto- pasó algo, pero no fue así. Bueno, sí, algo pasó, pero no lo que se imaginan. Dormimos cucharita en el colchón. Eso fue todo. También parece joda pero, nuevamente, es la verdad. No voy a caer en la explicación profunda de por qué no tuvimos sexo. Simplemente diré que no sucedió por decisión de las dos.

Al día siguiente nos despedimos en su barrio y yo me fuí a la estación de Escobar para emprender mi regreso a casa. Mientras esperaba el colectivo analizaba todo lo sucedido. En solo 24 horas, compartí con Valen mucho más de lo que había vivido con Lola en 6 meses. Se repetía lo mismo que con Alina: conocer a su círculo, estar con sus amigos tomando algo (en este caso desconocían quién era yo, y estaba el detalle del novio, pero al menos no me mantenía en el más profundo de los secretos, escondida como si fuera Hugo, el hermano deforme y malvado de Bart). Otra vez veía la posibilidad de que alguien me incluyera en su vida, pero ahí estaba el problema: alguien. Valen podía ser cualquier otra persona. Ella era solo la muestra de una posible realidad.

Con el resto del panorama sobre la mesa (el novio, la piba de la que estaba enamorada y una familia religiosa que no se imaginaba nada de lo que pasaba) sin dudas que una relación con Valentina hubiera sido más caos que relación. Resultó muy claro para las dos que las cosas no iban a ir más allá de aquel fin de semana. El tiempo terminaría haciendo cosas muy bizarras con nuestras conexión (¿recuerdan lo que dije de The L word?: las ramas que nos unieron se volverían a cruzar por un montón de lugares). Valen iba a tener una relación con una amiga mía, y también una amistad (y algo más) con Lola. Y esta última, unos años después, se pondría de novia con Julia (mi falsa prima y la piba que en ese momento tenía loca a Valentina).

Pero en ese momento, mientras hacía todo mi análisis (y por supuesto, desconocía el futuro), miré a mi alrededor. Esa maldita estación tan conocida. Ese lugar que para mí tenía un solo nombre y rostro. Eran cerca de las 11 de la mañana cuando agarré el celular y le mandé un mensaje: “Hola Lola, estás despierta?. Estoy por Escobar. Nos vemos?”

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