Buscando un poco de amor -Parte 1-

Me quedé en la estación de Escobar un largo rato. Dejé pasar uno o dos colectivos, ilusionada con ese posible encuentro. No sucedió. Lola respondió el mensaje varias horas después, cuando yo ya estaba en casa, resignada. Igual dijo que no podía verme, un clásico a esta altura.

Lentamente intenté seguir con mi vida. Un poco antes de mitad de año, decidí hacer otra mudanza de blog. Esta vez no es repentina, escribo despidiéndome y diciendo que “no quería aferrarme al pasado”. Me burlo internamente de mi juvenil ingenuidad y de mi memoria se escapa un “JA” irónico: Si supieras pequeña Cecilia que esas palabras no te iban a durar más de dos días.

En este nuevo blog encuentro el primer testimonio de quien, a estas alturas, ya es un viejo conocido: El insomnio. Como habrán notado, mi cabeza es muy propensa a estar todo el tiempo maquinando cosas, sacando conclusiones, armando historias, reinventando posibles finales. Todo eso durante el día puede ser -casi- normal. Pero cuando llega la hora de dormir y no parás de darle vueltas a las mismas cosas, termina siendo una pesadilla. Una pesadilla despierta, porque pensar -tanto- no te deja dormir.

Así las cosas: esa autoexigencia por resolver mi vida a los 21 años, no solo me llevaba de un amor a otro, sino que ahora, además, no me dejaba dormir, en el más literal de los sentidos (años más tarde terminó siendo un verdadero problema –la historia incluye depresión, dos psicólogos, terapia de sueño, psiquiatra, pastillas…- y aún así, al día de hoy, el insomnio permanece y mis ojeras lo certifican. Pero no me voy a detener más en esto, por ahora).

En esa búsqueda de amor, aparece Flor. Como ya dije, a partir de Lola no solo iba a saltar de cama en cama; sino que, además, me alejaría de las “pendejas” (como mis amigas habían bautizado a Lola).

Florencia me llevaba 13 años (sí, me lo tomé literal). Era una mujer con su vida prácticamente resuelta. Vivía en un barrio bastante cheto de zona sur, tenía una carrera, un trabajo estable, auto, un buen pasar económico y hasta una casa en construcción. Pero de nuevo el detalle: estaba “adentro del closet”. La distancia, la brevedad y el tener que disimular delante de la gente, fueron las tres constantes que se repitieron en la mayoría de mis parejas. No sé si era la época, o algo en mi inconsciente que me hacía elegir estas relaciones pero, haciendo memoria, todas las mujeres con las que tuve el “título” de novia, estaban en el armario cuando empezamos a salir, ya sea total o al menos, con la familia.

En los 3 meses que duró la relación, Flor me trató “como una reina”, y lo digo entre comillas, porque algunas personas piensan que eso de tratar como una reina significa tener demostraciones materiales  -y a veces exageradas- con tu pareja. Este, justamente, era su pensamiento: Salíamos a los mejores restaurantes de zona sur, siempre quería hacerme regalos caros -que yo no aceptaba-, planeaba viajes al otro lado del mundo, etc. Incluso, un día llegó a decirme: “Vos, cuando quieras, podés dejar de trabajar. Conmigo no lo necesitás”. Sí, conocí a alguien que era el doble de intensa que yo. Pero además, ella suponía que su afecto material me iba a enamorar más que un detalle o un gesto simple.

Todas esas demostraciones a través de la billetera jamás me interesaron. Prefiero mil veces comer una pizza en casa, tomar cerveza, ver cualquier peli que estén dando en la tv y poder abrazar a la persona con la que lo estoy compartiendo; que me regalen una flor cortada de cualquier vereda. Para mí, los detalles tontos son los que de verdad valen la pena. Pero con Flor, todo era ostentación, y yo no soy de “esa” clase social -ni quiero serlo-. Las salidas me ponían muy incómoda, cada vez que íbamos a cenar, me sentía fuera de lugar (hablemos claro, yo soy más rea que princesa, no es un secreto para nadie que me conozca).  Y encima, había que sumar el acting de “amigas”. ¡Qué embole!

Estas situaciones las fui masticando internamente durante los meses de relación. Había algo que claramente no combinaba: Para ir a verla, me tomaba un subte y DOS TRENES. Ella me buscaba en la estación -tarde, la mayoría de las veces-. Llegábamos a su casa y me convertía en una Cenicienta invertida. Aparecían los lujos, la comida cara y la ropa elegante. Así vivía la mayoría de los fines de semana, en un mundo paralelo. Y por supuesto, mis días y esta historia, no podían seguir un transcurso “tranquilo”. En el medio de uno de esos viajes a Narnia, el final de mi capítulo anterior se iba a repetir, pero con los roles cambiados. La pantalla del celular me mostraba un mensaje: “¿Estás en tu casa?”. Otra vez Lola al ataque y mi corazón paralizándose.

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