Buscando un poco de amor -Parte 2-

El mensaje de Lola me descolocó. “¿Estás en tu casa?”. Creo que en el año que llevábamos de conocernos, jamás me había hecho esa pregunta. ¿Para qué quería saber dónde estaba? ¿Qué le importaba a esta altura lo que hacía con mi vida? Le respondí bastante cortante: “No. Vuelvo mañana a la noche”. A pesar de mi aparente frialdad, el maldito mensaje se clavó en el medio de mis dudas y me quedó revoloteando durante todo mi fin de semana de princesa del subdesarrollo.

Le hice una llamada perdida a Flor, 10 minutos antes de bajar del segundo tren. Esa era la señal para que ella saliera a buscarme. Llegué a la estación. No estaba. La llamé y me senté a esperarla, indignadísima porque siempre pasaba lo mismo. Yo viajaba casi 3 horas para ir a su casa y ella no era capaz de estar en la estación esperándome. ¿Exagerado el enojo? Sí, por supuesto. Lo que me molestaba no era la eterna demora de Flor, era el fantasma de Lola otra vez suspirando en mi nuca.

Ni bien llegó, me subí al auto y estalló la discusión. Ahora sí me enojaba con razón. Cada vez que teníamos algún desacuerdo, Florencia empezaba a gritar. Qué cosa que nunca me gustó eso de las peleas y los gritos. “Frená el auto”. Flor me miró sin entender. “Da la vuelta y dejame de nuevo en la estación o frená y me voy caminando. Vos a mi no me gritás más. ¿Cómo te lo tengo que decir?” “No, pará. Perdón. Sabés que me cuesta” Ella tenía por costumbre comunicarse a los gritos. Yo tenía por ley que no quería eso en mi vida. A pesar de todo, seguimos el camino hasta su casa, pero en absoluto silencio.

El resto del fin de semana pasó como siempre. Comer en restaurantes caros. Sexo antes y después de salir. Películas. Fingir ante los padres que vivían al lado. Lo usual en nuestra relación. Llegó el domingo y mi retorno a la realidad.

Lo primero que hice cuando entré a casa fue saltar a la computadora. Abrí el fotolog de Lola y encontré la respuesta a esas preguntas que me habían acechado los últimos 2 días. La foto tenía fecha del sábado, un par de horas después de su mensaje. Imposible no reconocer el puente de Márquez y Panamericana, donde cientos de veces esperé el colectivo para ir a verla. En un arranque de valentía, Lola vino a buscarme… y yo estaba del otro lado de Buenos Aires.

En este punto, no sabía si el destino me hacía un favor o solo se me cagaba de risa en la cara. Preferí pensar que “las cosas pasan como tienen que pasar”, ignoré la foto y seguí con mi vida.

Esa semana fue bastante caótica. Estuve con mucho laburo, pocos momentos tranquilos en casa, alguna discusión con Flor, el insomnio. Tenía en la cabeza un cocktel de problemas que no me daban tregua. Por eso, acepté casi sin dudar -más bien sin pensar- la invitación de Florencia para irnos el fin de semana largo a Rosario. Como ya dije, su manera de arreglar las cosas siempre tenía que ver con plata y lujos. A mí no me gustaba, pero quería escaparme a dónde sea, cómo sea y con quién sea -menos con Lola-.

Flor pretendía que yo elija el hotel, los pasajes, los lugares a visitar. Otra vez tuve que explicarle que no me interesaban esas cosas y que lo que ella quisiera estaba bien. Fuimos en micro porque no había avión (y ella no podía manejar porque la habían operado hacía pocas semanas). Claro que compró el pasaje más caro, de esos que el asiento es super cómodo, se hace cama y solo le falta que te dé un masaje durante el viaje. El hotel si no eran 5 estrellas, le faltaría media. Bien céntrico, a una cuadra de la peatonal. Me acuerdo que justo estaban alojados Anibal Pachano (aunque todavía no era tan conocido) y una banda pop chilena del momento. Así que las dos noches que pasamos tuvimos que entrar y salir esquivando adolescentes que se agolpaban en la puerta para ver a Kudai.

El fin de semana fue exactamente igual que en Buenos Aires, pero con la ventaja de que volvíamos al cuarto y la cama estaba tendida. Como dato anecdótico: Ni siquiera conocí el Monumento a la Bandera. Comimos en el hotel y en un par de lugares cercanos, hicimos un poco de caminata y después nos quedamos en la habitación. Y por supuesto, también tuvimos un par de discusiones. No hay caso, vos podés cambiar el escenario y decorarlo con toda la plata del mundo, pero cuándo algo no funciona, no funciona.

Por suerte, “Rosario siempre estuvo cerca” y el fin de semana largo solo duraba 3 días. El lunes se terminó el viaje y la relación. Sus intentos por remontar la pareja no funcionaron y los míos por descansar de todo el bardo que tenía en la cabeza, menos.

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