Mi (segundo) primer beso –Parte 2–

Era la primera vez que veía aquel auto. Los vidrios polarizados no dejaban distinguir quien manejaba. Moni bajó a saludarme. Me invitó a subir a la parte de atrás. Apenas alcancé a sentarme cuando la vi: Ahí estaba ella, la rubia de mi sueño, tomada de la mano con mi mejor amiga. Me quedé helada.

Pocos días después de ese primer encuentro, me echaron del trabajo. Atribuí el sueño a una premonición: incendio, oficina, listo; dos más dos son cuatro. Rápidamente conseguí otro empleo. Era solo medio día, ganaba lo mismo y quedaba en mi amado centro porteño. No hay mal que por bien no venga, me dije. Pero en mi cabeza no dejaba de girar la posibilidad de que aquella premonición también fuera la del beso.

En los meses siguientes, con la rubia nos empezamos a ver más seguido. Vivíamos cerca. La mayoría de mis tardes libres las pasábamos juntas. A veces se sumaba Moni o una amiga de ella, otras éramos solo nosotras dos. Nos veíamos en su casa, la mía, en lo de su amiga o salíamos al bar del barrio. Con tanto tiempo compartido, me empezaron a pasar cosas.

Esta “relación” fue la primera que me hizo pensar en lo irónico de la vida y el amor (o como quieran llamarlo). A medida que avanzaba el tiempo a mí me gustaba más la rubia, a la rubia le gustaba Moni, y creo que a la amiga de la rubia le gustaba yo. ¡Sí, un hermoso quilombo! Parecíamos el capítulo de Los Simpsons: “Lisa quiere a Nelson. Milhouse quiere a Lisa. Wallis quiere a Milhouse”. Y en el medio de todo, yo me estaba jugando una amistad, porque Moni tenía algo con la rubia, no era oficial ni exclusivo, ni siquiera era amor, pero hay códigos en la vida: no podía meterme en la relación de mi amiga.

Al principio pensé que lo estaba disimulando bien, pero un día, en una de nuestras tantas videollamadas (sí, el viejo msn ya tenía esa función, no se inventó ahora en cuarentena) la rubia me dijo:

-Me mata como me mirás.
-¿Cómo te miro?
-Como yo la miro a Moni.

De esa charla saqué dos cosas: La conclusión de que soy mala actriz; y un poema que se llamó “¿Cómo te miro?” (aplausos a mi ataque de creatividad para el título).

Intenté alejarme varias veces, pero era como un imán; me fascinaba pasar horas con ella: tomar cerveza, escuchar canciones en italiano que le gustaban, que me las tradujera mientras sonaban de fondo, y tantas cosas más… Hay escenas de esos días que parecen casi de película. Una en particular, podría haber sido un film, pero de terror:

«El ya mencionado bar del barrio estaba de moda. Había pool, karaoke, tributos, la bebida era barata y la verdad es que no teníamos mucho más para hacer en la zona, así que la mayoría de las salidas eran ahí. Un sábado por la tarde me encontré con una amiga para jugar al pool y tomar algo. A medida que pasaron las horas se fue sumando gente, hasta que a la noche éramos una mesa de 7 u 8 mujeres, la rubia y su amiga incluidas.

No tengo idea del porqué, a alguna se le ocurrió empezar con la pavada clásica de la época: Era el “Pico, pico, pico, pico”. Supongo que para esa hora ya habíamos tomado bastante y cualquier cosa era divertida. Pico va, pico viene, hasta que me toca a mí con la rubia: me agarró la cara… y eso fue más que un pico. Me quedé dura y estoy casi segura que con cara de idiota. El juego terminó, pero nosotras dos tuvimos un par de besos más, hasta que llegó un mensaje a su celular:

-Vino Moni.
-¿¡Qué!?
-Que está Moni entrando, la voy a buscar. »

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