De dudas y certezas

Al igual que muchos poemas de mi libro, se podría decir que casi todas mis historias blogueras cuentan con su banda sonora. Mientras iba superando a la rubia, me paseaba entre cantantes italianos, como Vasco Rossi (herencia de aquella tragedia amorosa), “Labios compartidos” de Maná, “Si viene el olvido” de Tiza (una cantautora española que debería conocer todo el mundo) y algún que otro tango.

¿Por qué hago un recuento de la música? Porque, además de que me gusta contarles esa variedad musical que ronda mi sistema, es la mejor manera de ilustrar cómo seguía mi vida.

Mi humor en cada entrada del blog, era igual de cambiante que los géneros musicales que posteaba: Un día la amistad con Moni estaba perfecta, otro día no tanto; por momentos extrañaba a la rubia en otros no quería saber nada; durante una semana salía todas las noches, a la siguiente no tenía ganas de moverme de casa. Así de ciclotímica estuve casi dos meses. Y no solo se trataba de estados de ánimo, hay varios textos hablando de salidas con amigas en los que cuento como “relojeábamos hombres al pasar”.

Visto a la distancia, supongo que intentaba negar la realidad. Necesitaba afirmar constantemente que los chicos me seguían gustando, que tal vez “lo otro” no era más que algo pasajero, una “confusión”.

Pero la verdad es que lo de la rubia no había sido el inicio y menos el fin, me llevó muchísimos años entender que siempre me gustaron las mujeres. No lo ví antes porque la sociedad me decía constantemente que “tenía que ser” heterosexual, incluso cuando nunca pude conectar realmente con los hombres. Y, además, soy un poco lenta para captar algunas cosas, sobre todo cuando se tratan de mí.

Así que mientras “me hacía la tonta” y trataba de disimular, un pequeño viaje se encargó de pegarme el cachetazo de realidad que necesitaba.

Siempre digo que Uruguay es como mi segunda patria y allí, del otro lado del charco, apareció un nuevo “amor”. Colonia del Sacramento me trajo un cambio de aire y una nueva ilusión.

Me tomé unos días de vacaciones y a través de amigos en común, conocí a una mujer que llamaremos “Guri” (así la apodé en mi blog). Por esas cosas raras que tienen las conexiones humanas, Guri y yo nos entendimos desde el primer momento, como si nos conociéramos de toda la vida.

Por supuesto, otra vez me dibujé castillos en el aire, un poco por esa necesidad interna (e inconsciente) de encontrar el amor, pero sobre todo, porque algo tenía que hacerme entender que mi camino no iba por el lado heterosexual… claro, el mío no, pero el de ella sí.

Digamos que Guri solo tenía “curiosidad y ganas de experimentar cosas nuevas”, pero nada más. La “cosa nueva”, en este caso, era yo. Así que de un minuto a otro caí en picada cuando se desmontó el suelo de mi castillo; pero antes de eso -mientras la ilusión todavía flotaba dentro mío- escribí “El juego de la locura relativa”; otro texto de mi libro al que le tengo muchísimo cariño.

Afortunadamente para mí (y mi economía), esta nueva historia duró mucho menos que la anterior. Fueron solo un par de meses que incluyeron: Dos viajes a Uruguay, muchas tarjetas telefónicas consumidas en llamadas de larga distancia y sms (para los centennials, así funcionaba la vida antes de WhatsApp), charlas por MSN y, finalmente, un último encuentro en Buenos Aires. Todo eso, ¡y lo único que pasó entre nosotras fueron un par de besos! Sí, un poquito cara me salió la ilusión, pero nunca me arrepentí. Conocer a Guri me inyectó de valentía para confirmar mi sexualidad y por fin, animarme a buscar gente que estuviera “en la misma que yo”.

Años después llamé a esta etapa “Segunda adolescencia”; porque a partir de la rubia volví a vivir todo por primera vez, casi como si estuviera en secundaria. Así fue como llegaron en aluvión: mi primera salida a un boliche solo para mujeres, un nuevo blog para escribir sin tantos códigos y caretas, la incorporación al foro “Tres Jolie” -que era para lesbianas y bisexuales-, y “Mi primera novia”. Esto último es, justamente, el capítulo siguiente de estos Relatos de la Blogsfera.

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