Habitación 406 -Parte 1-

Para mayo de 2007 ya existía en mí esa necesidad imperiosa de moverme en ambientes donde de verdad me sintiera cómoda. Así fue como, acompañada por una amiga de esas que están tan locas como una y te siguen en todas, llegué por primera vez a “Verona”: Un boliche en el centro, que los sábados era solo para mujeres. Recuerdo entrar con más miedo que ganas, pero una vez que mis pies pasaron la puerta tuve la sensación de estar en el lugar al que pertenecía. Imagino algo parecido a llegar a Disney World, el mundo maravilloso donde nada es imposible y todo puede pasar. Esa misma emoción corrió por mi cuerpo.

Verona se convirtió en mi lugar favorito en el mundo y ahí conocí a mi primera novia. La relación no duró mucho más de 2 meses (recordemos que atravesaba mi segunda adolescencia), sin embargo y a pesar del poco tiempo, fue bastante intenso.

Dicen que las lesbianas solemos ir mucho más rápido en nuestras relaciones que el resto de la gente, bueno, en esa época es verdad que yo era así, tal cual. A pocos días de conocernos ya estábamos de novias. Supongo que mi necesidad por confirmar de una vez por todas lo que me pasaba con las mujeres, me llevó -otra vez- a imaginarme un mundo alrededor de una persona que recién conocía y creer que era “la indicada”. A las pocas semanas de estar juntas, tuve mi primera vez con una mujer. El escenario: un albergue transitorio (mejor conocido como “telo”) que, literalmente, se caía a pedazos, a unas cuadras de la estación de Chacarita. Por alguna pavada romántica que giraba en mi cabeza me quedó grabado el número de habitación: 406.

Yo era un manojo de nervios y ansiedad. No importa si es una primera vez hetero u homosexual, la sensación siempre es igual. Miedo, dudas. “¿Haré las cosas bien?”. En mi caso, estaba más entusiasmada en esta oportunidad, que cuando estuve con un hombre. Es que esa noche cayeron todas las fichas juntas: me sentí libre, feliz y disfruté cada momento (a pesar de que el lugar era un espanto). Yo creía estar enamorándome y después de ese día confirmé que nunca me había pasado algo así con un hombre, desde la conexión hasta la libertad, la piel; fue como tener una epifanía. 

Sin embargo, como la mayoría de las cosas en aquellos años, lo bueno me duró poco. Mientras andábamos de fiesta dos o tres veces por semana y en ocasiones terminábamos en la casa de “la conocida de otra conocida de la amiga de…” (sí, una inconsciencia total), también iba descubriendo algunas cosas de mi novia, por ejemplo, que se drogaba y casi con total seguridad tenía una -o varias- relaciones paralelas.

Yo, que recién “salía al mundo”, dejaba pasar todo frente a mis ojos, no sé si no podía o no quería verlo. Ella me mentía, desaparecía, cancelaba planes y yo estaba ahí a pesar de todo. No, no fue la mejor primera experiencia que podría haber tenido, pero supongo que es lo que pasa cuando te apurás a crecer. Mi realidad en ese momento se dividía entre la Cecilia que quería salir a tomar o “andar de joda” -por decirlo en criollo-, y la que tenía un trabajo de oficina, buscaba formar una familia y asentarse -con solo 20 años-. ¿Qué podía “malir sal”?

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