Habitación 406 -Parte 2-

Mientras pasaban los días, yo organizaba planes y mi novia los cancelaba con excusas ridículas. Si no era para salir a bailar y después al telo, prácticamente no nos veíamos.

En muchas oportunidades presencié su evidente incomodidad cuando le sonaba el celular conmigo a su lado. Hay una de estas situaciones en particular que relata mi blog.

El jueves era su cumpleaños. Ya descartado que me incluya en los festejos ese día, prometió que el viernes sería solo para nosotras, algo que finalmente no cumplió, por supuesto -¿cómo iba a perderse un día de joda?-. Para “dejarme contenta”, después de decir sus excusas poco creíbles, pasamos los planes para el miércoles, es decir, la previa de su cumpleaños. Se suponía que íbamos a estar toda la noche juntas, pero resultó que “cual cenicienta”, después de las 12 ella tenía que desaparecer:

Entramos al hotel; pagué yo, como siempre; y a pesar de que las cosas no estaban bien, hicimos el amor como si nada pasara. Después, mientras ella se vestía -ya apurada por salir-, comenzó a sonar su teléfono. La cara se le “desconfiguró” y empezó a hacerme señas para que no hable mientras respondía casi monosilábicamente a su interlocutor (o locutora, no lo supe entonces, no lo sé ahora). Se fue a terminar la llamada al baño muy rápido y solo escuché: Si… Nos vemos en un rato… besos…

Yo miraba atónita la situación. Discusión va, discusión viene, terminamos la noche. Ella se fue a hacer sus planes desconocidos y yo a mi casa sintiéndome como si fuera “la otra”. ¿Por qué me hizo callar? ¿Por qué no me incluye en sus planes de cumpleaños si soy la novia? ¿Soy la novia o solo soy la que tiene la plata para el telo? Preguntas y más preguntas.

Ese mismo fin de semana salimos a bailar a otro boliche del ambiente gay que solíamos frecuentar. Durante toda la noche ella iba y venía al baño. Tan inocente era yo, que nunca me dí cuenta del “porqué” hasta años después; aunque le hubiera visto toda la cara blanca, jamás habría imaginado lo que hacía realmente en el baño.

Pasaron varias cosas más esa noche, entre ellas, su propio amigo me abrió los ojos sobre las mentiras y las infidelidades: “Te lo cuento porque sos muy buena”. No voy a decir que se me vino el mundo abajo, era algo que ya sabía, solo no quería aceptarlo.

Tras discutir por un rato con ella, le dije que me iba. «Si te vas se termina acá», me dijo. «Me voy. Si querés venir,  vení. Si no me voy sola.», le respondí. «Bueno, andate. ¡Espera! ¿Me dejás plata para un taxi?».

Sí, le dí la plata. Salí del boliche, pero no me fui. Cuando llegué a la esquina me dí cuenta que su amigo se había quedado con mis lentes. Le mandé un mensaje y esperé un rato en la puerta. Para mi sorpresa respondió ella: “…esperame. Me voy con vos…”. 20 minutos, 30 minutos, un frío tremendo, 40 minutos, tanto frío que la de seguridad se apiadó de mí y me dejó volver a entrar para buscarla. La encontré en medio de la pista bailando y tomando cerveza. Una hora después, finalmente, salimos.

En la puerta sus amigas se agarraron a las piñas y entre toda la confusión, a mí me robaron el celular. Estaba harta, cansada, con frío, sueño. Lo único que quería era acostarme y dormir; así que accedí a ir al hotel de siempre (ese que se caía a pedazos). Nos tomamos un taxi y al momento de pagar le digo: “Vos tenés la plata que te dí.”, su respuesta: “No la tengo, me compré una cerveza.”

Y así, otra vez, Cecilia convertida en cajero automático, pagó taxi y telo. Cuando nos dieron la llave me reí de lo cruel que es el destino: Habitación 406. “Qué noche de mierda”, dije para mis adentros. Agotada me derrumbé en la cama, entendiendo que en el mismo lugar donde prácticamente había empezado todo, también se terminaba.

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