A los 20 años entendí que me gustan las mujeres. A partir de ahí, en poco tiempo entendí que podía ser libre de sentir y amar a quien quiera.

Siempre cuento que estuve muy poco «adentro del closet«, no sé si porque los espacios cerrados no son mis favoritos, o porque sabía internamente que lo que me guste o deje de gustarme, no es asunto de nadie más que mío.

Muchas veces me había hecho preguntas, que antes de los 20, no tuve el valor para responder. Hasta que soñé que besaba a una mujer.

Me acuerdo que ese día llamé a una amiga, que sí se había animado a responderse algunas de esas preguntas. Mi primer instinto fue «refugiarme» en alguien que sabía que no iba a juzgarme, más allá de que mi amiga había sido confidente de otros momentos cruciales.

Descubrir quién sos, es un camino constante. En cada época de la vida, vamos aprendiendo y conociéndonos; mutamos, siempre. Ese día, para mí, fue revelador, porque era la primera vez que lo hablaba con alguien, significaba que me estaba permitiendo descubrirme. Antes de eso, si se daba una charla que hablara de sexualidad, mi respuesta siempre intentaba demostrar y dejar en claro que yo era heterosexual, sin ninguna duda; no sabía que en realidad lo que estaba haciendo era tratar de convencerme a mí misma de que me gustaba algo que en realidad no me gustaba.

Cuando dejé de mentirme, o al menos me dí lugar a cuestionarme, empecé a escribir en blogs lo que sentía y buscar foros (sí, soy de esa época) donde poder encontrar personas para charlar y conocer gente «del palo», tal vez para no sentirme tan sola en este nuevo mundo, necesitaba contar con gente que hable «mi mismo idioma«, que me pueda entender, como me entendió mi amiga ese día.

Pero también tuve la suerte de contar con un entorno primario que me quería por quien era yo, no por lo que me gustara o dejara de gustarme. Porque en definitiva, la gente te tiene que querer por eso; si sos buena persona, que te guste un hombre o una mujer no lo va a cambiar. Mi familia y amigxs (en su mayoría) me dejaron en claro que nadie iba a dejar de quererme; fueron escuchándome, «enterándose» de esta verdad que casi todxs suponían. No fue fácil para mí al principio, y a algunas personas tal vez les costó un poco más «entenderlo«, pero yo también sabía que hay una cuestión generacional que hacía difícil romper con prejuicios muy arraigados.

Con el tiempo, entendí que no tenía que decirle a nadie «hola me llamo Cecilia, soy de libra, homosexual, prefiero el chocolate blanco…«; pero tampoco tenía que esconderlo. Empecé a hablar libremente sobre mis relaciones. En el trabajo por ejemplo, cuando nos juntábamos a almorzar con mis compañeras, una hablaba de «Juan«, otra de «Pedro» y yo hablaba de «Inés«, sin tener que aclarar nada; si alguna era nueva en el grupo, en tres segundos podía entender todo sin mucha historia.

Así fui transitando mi vida, aprendiendo a hablar sin tabús, sin tener que dar explicaciones ni charlas introductorias sobre quien soy o quien me gusta. Hoy escribo y hablo libremente del amor que siento.

Pero sé que no todo el mundo puede vivir con esa libertad. Me cuesta mucho entender que a esta altura de la humanidad, todavía haya religiones, creencias o prejuicios que hacen que una persona no pueda ser libre de amar a quien quiera, o ser quien siente ser.

Tengo la esperanza de que eso algún día se termine, aunque tengamos algunas batallas ganadas, todavía faltan muchas otras para que todxs puedan tener los mismos derechos y se dejen de cuestionar cosas tan simples como es el amor y la identidad.

Hoy, 17 de mayo, es el «Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia». Y yo pienso: Ojalá vos no te estés privando de ser feliz solo por sentir.

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