Nunca tuve su número. No era necesario.
La llamaba con mi mente, y ella… ella aparecía
A las sombras del viejo árbol, que jamás nos vió besarnos.
En los pasos de aquella calle,
que nunca nos condujo por el camino de la decencia.

Aparecía con su risa y su sonrisa.
Con sus gritos de locura.
Aparecía entre fantasmas de lo que fui,
lo que quise ser
y lo que soy.
De lo que algún día soñamos ser,
sabiendo que nunca seríamos.

Y me cala hondo en un suspiro…
se me adentra, se esconde y se muestra.
Y me baila en el silencio,
en lo profundo de mi mente que la piensa.

Me sujeta con sus manos las mejillas, me sonroja,
me tiembla el miedo y la urgencia.
La urgencia de besarla, de tenerla y amarla.
De llorarla, de decirle que ya no quiero llamarla,
no quiero recordarla, ni inventarla.
Y la beso y la lloro.
La llamo, la invento y la tengo… y luego…
y luego ella se marcha.

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