Ya no le grito a tu recuerdo,
ni le sonrío, ni lloro.
No le armo un altar,
ni me resigno, ni me persigno.
No lamento que no estés,
ni te cuento lo que siento,
lo que falta, o lo que sobra.

No le miento, ni me invento otro final.
No le susurro historias bonitas,
ni repito argumentos vacíos, para convencerme
de que es mejor así.
No elaboro posibles conversaciones que nunca vamos a tener.
No respiro más la sal de tu fantasma,
ni busco tu voz entre las fotos que quedaron perdidas por ahí.
No recojo tus cenizas,
ni te encuentro entre la brisa del pasado que le sopla a mi ventana.

Aun así, todavía puedo aprovecharme
cuando cruzas por mi mente
para sacarte un par de frases desarmadas,
escribir dos o tres poemas
que no te digan nada,
pero me ayuden a remarcar que tu recuerdo
no me sirve más que para esto:
obtener una ventaja poética
de lo que alguna vez me lastimó.

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